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El hijo del carpintero

Un año más llega la fecha en la que se conmemora, la Pasión, Muerte y Resurrección de un hombre revolucionario de su época, al que llamaban Jesús el Nazareno. Un ser problemático que hablaba de igualdad, que arrastraba con el poder de su palabra a las gentes, un pregonero que decía que su Reino no era de este mundo. Un hombre que con su voz poderosa ordenaba y resucitaba a los muertos, un ser excepcional que perdonaba los pecados, un loco que nadie entendía y que hablaba con parábolas (hipótesis, ejemplos). El hijo del carpintero José que hacia milagros, que duplicaba los panes y los peces dando de comer a un gentío que estaba escuchando sus enseñanzas. Un mortal que perdonaba a sus enemigos poniendo su otra mejilla. Una persona que entendía y compartía las miserias del pueblo, un hombre que se rodeaba de prostitutas y marginados, un anarquista del poder constituido de su época que llamaba fariseos a los sumos sacerdotes, que representaban el poder religioso radical.

En la Semana Santa se honra y venera a Jesús como hijo de Dios. En todas las ciudades de nuestra geografía nacional se celebra en estas fechas con un doble sentido, el religioso y el lúdico.

Hay ciudadanos que viven intensamente estas jornadas, no perdiéndose ningún acto religioso, procesiones, celebraciones litúrgicas, etcétera. Sin embargo otros, tienen un concepto diferente de estos días y les sirve como unas mini vacaciones. Trasladándose desde sus lugares de origen a las playas, a la montaña, a los chales, a los apartamentos, el caso es pasar unos días tranquilos y agradables y olvidarse de la monotonía cotidiana del día a día. Todas las posturas son de respetar y cada cual adapta estas jornadas y las celebra como lo estima oportuno de acuerdo a su idiosincrasia y forma de ver la vida, eso es, lo que hace a los hombres grandes con su libertad de conciencia.

Los creyentes, realizan una combinación o cóctel de actividades entremezclando los actos religiosos con la satisfacción de saborear unos días de descanso y relax con la familia donde sobra tiempo para todo. Desde ver una procesión o asistir a la iglesia aun acto litúrgico, hasta pasear por la playa a la orilla de mar, que relaja mucho.

Por lo tanto, la semana grande de la cristiandad debe servir a todos creyentes o no, como recordatorio de que tenemos una conciencia, una parte espiritual, una porción interior de nuestro ser que rige casi siempre el destino de los seres humanos.

Y el Domingo de Resurrección y lunes de Pascua a cumplir todos con la sagrada tradición de comerse “la Mona” en el lugar que elijamos, la playa, el campo o el en sitio que la tradición marque en la población donde residimos. En Alicante antaño, el Domingo se comía en el Castillo de San Fernando, el lunes en el de Santa Bárbara y el martes que también era fiesta por la tarde, en los campos y alrededores de Juan XXIII.



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